Lo más interesante de “Vida” es el ingenioso uso del nombre de su co-protagonista canino como artilugio para dar profundidad a la historia. Puesto que gracias a esto, lo anecdótico –lo que vemos– adquiere una doble lectura, simbólica, que se convierte en sustento sólido que comunica de forma elocuente el mensaje que nos quiere transmitir su director.

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Con Candelaria nos sumergimos en medio del tiempo raído y los espacios olvidados, yendo y viniendo de épocas pasadas donde sonreír era fácil, para volver al presente donde ya no lo es tanto. De esas sonrisas y de esa alegría, ya sólo queda el recuerdo de nuestra protagonista, un recuerdo en blanco y negro que parece tener más colores que la realidad que hoy pueden percibir sus ojos.

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