Por Josemaría Naranjo

Conocemos a Salvador, el protagonista de este cortometraje, entregando las llaves de su casa y marchándose con lo que tiene puesto. Lejos de enfrentar este hecho con tristeza, Salvador se sube a su carro para hacer fletes con tranquilidad, quizás hasta con una indiferencia que nace de la resignación. Este hecho no representa un gran golpe para Salvador, pues junto a su lado todavía está “Vida”, su fiel compañero
perruno.

Salvador y Vida recorren Concepción – representada como una ciudad fría y triste – buscando un lugar donde pasar la noche. Llegan a un hogar de acogida donde le advierten a Salvador que el perro debe quedarse afuera; pero el viejo no hace caso y pasa la noche con su compañero. La casera se molesta y se lo hace saber. Al día siguiente, uno de los neumáticos del carro de fletes se pincha. Salvador va a una vulcanización pero le dicen que vuelva cuando tenga plata, pues total de algo hay que comer. Así, sin posibilidad de reparar, Salvador abandona a Vida. De vuelta en el hogar de acogida el remordimiento le gana la pulsada y Salvador sale en búsqueda de su compañero. No lo encuentra. Grita su nombre pero solo logra que un par de tipos le
roban su carro de fletes. Salvador queda tirado en el suelo gritando el nombre de su compañero. Solo, ya sin la resignación y parquedad del principio.

Lo más interesante de “Vida” es el ingenioso uso del nombre de su co-protagonista canino como artilugio para dar profundidad a la historia. Puesto que gracias a esto, lo anecdótico – lo que vemos – adquiere una doble lectura, simbólica, que se convierte en sustento sólido que comunica de forma elocuente el mensaje que nos quiere transmitir su director.

2017-08-18-(1)

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Vida